No es oro todo lo que reluce

El éxito público no es sinónimo de valores. En cualquier nivel y cualquier ámbito, la sociedad y, dentro de estás, muchos de nosotros tendemos a admirar personas de éxito. Los ponemos como referentes y como estandartes de un camino que nos gustaría que fuera el nuestro. Y los solemos admirar muchas veces, no solamente, como profesional sino suponiendo lo que hay detrás del personaje. Le suponemos unos valores que en algunos casos no están a la altura del éxito que ha conseguido.

Esto nos pasa con entrenadores que entrenan a equipos de nivel o que han ganado campeonatos, ayudantes que han llegado a profesionales, con clubes que idolatramos por sus éxitos o con jugadores que han llegado a ser ídolos. ¿Qué han trabajado mucho? Si… o no (quien lo asegura). ¿Qué han tratado bien a sus compañeros? Si… o no (desde solo la imagen pública no se puede saber). ¿Qué el club ha sido honesto cuidado y potenciado a sus trabajadores? Si… o no (ves a saber). ¿Qué ha sido capaz de llegar a lo más alto siendo honesto? Sí… o no (no has convivido con él).

Y mucho más grave, en muchos casos la proyección pública forma parte de su propio marketing. Son ellos mismos los que manipulan su propia imagen hacía unos valores que realmente no existen. Porque cuando uno publicita lo que hace, es posible que esto realmente sea lo que realmente le manque. Siempre es mejor que los personajes se muestren tal y como realmente son, aunque a veces estos valores sean repugnantes.

Esto pasa a cualquier nivel, no solamente en el ámbito profesional. También sucede a otro nivel, incluso en categorías de formación, en clubes que menosprecian a otros solo por tener mejor fama, entrenadores que piensan que van a ser profesionales porque está en el destino o jugadores que creen que van a jugar a primer nivel.

¿Y qué hacemos muchos de nosotros? Admiramos su éxito y no sabemos ni una pizca de lo que realmente son y de cómo se comportan fuera del plano público. E incluso, no nos preocupamos por saber si realmente más allá de lo que su imagen nos enseña, hay una honestidad, un respecto a los que le rodean y una coherencia con los valores que queremos para nosotros o para los a los que influimos. ¿Qué queremos transmitir a nuestros hijos o hijas? ¿O a nuestros jugadores o jugadoras?

Debemos ser capaces de posicionar a esta persona dentro de lo que realmente visualizamos de él. Y esta concepción básicamente es, como rinde como profesional, es decir en nuestro caso, como deportista, como club o como entrenador. ¿Por qué valorarlo en otros ámbitos personales si realmente no sabemos nada de estos?

Por otro lado, en nuestro terreno deportivo es de loar que una gran cantidad de estos clubes, jugadores o entrenadores hacen su trabajo lo mejor que saben y pueden y no desean proyectarse en ningún plano más que el estrictamente profesional y esto les dignifica. Hay muchos entrenadores que ganando poco o sin ganar nada merecen más admiración que aquellos que han ganado o que han llegado a una posición superior.

Los entrenadores, jugadores y clubes honestos no buscan mostrar públicamente que está comprometidos ni ponerse públicamente en el  centro, porque esto no es su razón de ser. Conocemos, por suerte, muchos casos de entrenadores que, tras buenos resultados, se ponen a un lado lo que hace mostrar las fortalezas de los jugadores o de otros protagonistas del proyecto que seguramente en otras circunstancias pasarían desapercibidos. En cambio, los de antes buscan todo que les está en sus manos para ponerse ellos en el centro de la acción, ensalzando valores que realmente, si se profundiza más, no están presentes. Ser solidario no significa mostrar aquello que uno hace ni dar mucho (si uno gana mucho), sino que el camino para ayudar a nuestro entorno sea lo más coherente posible.

Y en esto debemos educar a los nuestros, especialmente a los más pequeños: hay que aprender a valorar las personas por lo que realmente hacen y no por aquello que suponemos que hacen (y luego no es así). Podemos tener modelos y personas a quien admiremos, pero debemos escogerlas dentro de una coherencia real con los valores con lo que fundamentarnos. No demos a jugadores, entrenadores ni clubes un valor social cuando algunos realmente no lo tienen. Porque el éxito no significa ganar, significa conseguir llegar a tu máximo siendo coherente con los valores de respecto, de gratitud y trabajo.

Decía el maestro Xabier Añua hace unas horas “Un deportista Estrella lo es como jugador. Pero para ser Estrella de verdad hay que tener valores”. Y para esto hay que ser honesto, coherente y comprometido contigo mismo, con las personas que te rodean y al proyecto al cual perteneces.

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