Pasar a la acción

Para comprender el proceso de aprendizaje del jugador debemos “pasar a la acción”. El jugador o jugadora aprende actuando, experimentando, experienciando. Es la mejor vía para la mejora tanto individual como colectiva.

Ya podemos conversar, hablar, reflexionar… que, si el jugador no es capaz de ponerlo en la pista, no existe el aprendizaje. La conversa con el jugador tiene un papel importante pero básicamente de focalización del problema. Hablar con el jugador tiene el objetivo de centrar la adversidad y de compartir las posibles vías de solución, pero no hay luz en el camino si no se pone en la pista.

El entrenador debe ser directo en sus conversaciones. Soy partidario decir las cosas en el momento adecuado en el mismo momento que suceden. Es decir, hay instantes en que los jugadores, por su carácter, están más receptivos y son más capaces de escuchar que otros y hay que aprovechar estos momentos. Pero no dejar enfriar la situación para conversar con el jugador, que hasta para el propio entrenador la situación se puede desvirtuar en otra. Seguramente con el paso de las horas el entrenador percibirá la situación sucedida incluso de otra manera que en el momento que sucedió en el juego, ya sea en entrenamiento y partido y es por esto que hay dos maneras de actuar: o atacar inmediatamente o dejar pasar. Cualquiera de las dos puede ser la adecuada según la situación, el jugador y el momento.

Los jugadores más maduros (que no significa con más experiencia) tienen las conversaciones con ellos mismos, reflexionando tras cada partido qué se lleva tras estos, que puede mejorar y como debe ajustar su juego. No se queda únicamente con la reflexión binaria si ha jugado bien o mal. Al contrario, la reflexión es cualitativa ya que son capaces de llevarse aspectos de mejora para el crecimiento de su juego. Y no es que deban realizar un análisis completo del partido, sino que focalizan su mejora en uno o dos aspectos. El jugador mejora paso a paso, no queriendo abarcar muchos aspectos a la vez. Y esto es una característica de la madurez del jugador: centrarse en aquello que se debe mejorar.

Algunos incluso son más capaces de reconducir adversidades propias incluso en menos tiempo, dentro del mismo entrenamiento o partido o incluso muchas veces dentro de la siguiente jugada. A más calidad mental del jugador, más rápido es capaz de analizar la adversidad y de buscar la mejor solución en el siguiente contexto.

Los jugadores tienen que vivir sus propias decisiones y las consecuencias de estas especialmente si son errores. Hay que aprender de la adversidad para no reiterarlo en el tiempo. De hecho, este sería un déficit del jugador: si el error se perpetua en el tiempo y este es incapaz de evolucionarlo para su mejora. Y hay que sentar al jugador, en equipos de rendimiento, si la adversidad el error tiene consecuencia dentro del equipo, para la competitividad del grupo, pero también para la mejora del jugador. Hay un límite en la mejora del jugador si, al final, no lo puedes sentar. El jugador debe entender que lo ha hecho mal para el equipo, aunque no comparta la decisión y esto muchas veces se entiende sentando al jugador.

Para poder sentar al jugador (y, lógicamente, en el día a día) el jugador debe tener competencia dentro del equipo. La mejora está limitada en el dominio total. Debe comprender que el equipo no depende completamente de su participación y que la mejora del equipo pasa por la capacidad de él mismo de mejorar y de no perpetuar sus errores. Si no, su participación no será máxima.

En definitiva, el entrenador debe usar todos sus recursos para que el jugador actúe en sus adversidades para poder crecer individualmente y que estas no se perpetúen en el tiempo, y, al mismo tiempo, que ayude al crecimiento del equipo al equipo.

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